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A los 10 años Kimmie Weeks fue dado por muerto en un país desolado por la guerra civil. Tras reconstruir su vida, ahora ayuda a cambiar el mundo en vías de desarrollo a través de la educación.
Cuando Kimmie Weeks afirma que la edad no es un impedimento para conseguir sus objetivos, habla por experiencia propia. La guerra civil en Liberia tuvo un efecto devastador en su vida desde muy pequeño, pero utilizó esta vivencia, en la que casi muere, para cambiar su futuro y el de su país, al que planea regresar un día como presidente.
A los catorce años formó su primer grupo de presión, haciendo campaña por los derechos infantiles y por la abolición de los niños soldado, visitando a los grupos rebeldes más notorios de su país y generando publicidad y toma de conciencia por su causa. Sus esfuerzos salvaron a muchos niños de un terrible destino, y también pusieron su vida en peligro. Forzado a abandonar Liberia a los 18 años, emigró a Estados Unidos donde se graduó en ciencias políticas e historia. Cursa actualmente un máster en Filadelfia, combinando sus estudios con sus responsabilidades en Youth Action International (YAI), una institución sin ánimo de lucro que fundó para promover la toma de conciencia y recaudar fondos para ayudar a los jóvenes africanos.
YAI apoya proyectos de microcrédito, becas e instrucción en Liberia y Sierra Leona, además de proporcionar información sobre los problemas africanos. Tal como Kimmie explica:
“Todo es posible si encuentras algo que te apasione realmente”
¿Cuándo fue la primera vez que se vio afectada su vida por la guerra?
Nací y me crié en Liberia. De niño, en los años 80, recuerdo tener acceso a las necesidades más básicas tales como agua corriente, electricidad y educación. Cuando la guerra comenzó en 1989, todo aquello que constituía una vida normal fue destruido por los rebeldes de Charles Taylor: el suministro de agua, electricidad, hospitales, colegios y clínicas. Todo desapareció. En cuestión de meses mi madre y yo nos convertimos en refugiados. Terminamos en un centro llamado Fendell Campus, un antiguo campus universitario convertido en un campo de refugiados para los habitantes de la capital [Monrovia].
Un campus construido para 4.000 personas ahora albergaba a cientos de miles, abarrotados en las antiguas aulas o en los pasillos. Cuando llegamos allí no teníamos nada, ni ropa, ni dinero. Comenzamos a experimentar un sufrimiento extremo. Tenía 10 años y fue la primera vez en mi vida que tuve que aguantarme sin comer durante cuatro días. El dolor era intenso.
¿Entendía lo que le estaba sucediendo?
No. Nos habían dicho que la guerra haría que todo fuera mejor. Nos sentimos abandonados por el resto del mundo puesto que mi madre y el resto de los padres decían: “No hay de qué preocuparse, la comunidad internacional nos salvará. La gente vendrá para ayudarnos y tendremos distribución de comida”. Nunca sucedió. Sentimos que nos habían dejado para morir.
Cuando la gente piensa en guerras civiles no consideran el contexto. La gente no se da cuenta, cuando ves la imagen de un niño hambriento o alguien que ha muerto en una guerra civil, no te paras a pensar que estas personas iban al colegio o a su trabajo, tratando de vivir una existencia decente antes del comienzo de la guerra.
Cada día morían varios niños en el campo de refugiados. Imagina ser padre, trabajando para alimentar a tu familia, y de repente, por culpa de una guerra con la que no tienes nada que ver te encuentras forzado a contemplar a tus hijos que mueren de hambre y enfermedades, sin que puedas hacer nada para evitarlo.
¿Estuvo a punto de perder la vida?
Tuve el cólera, y no podía ni moverme. No teníamos medicinas ni médicos. Estábamos en una habitación con otras 15 familias, todos apretujados, tumbados en el suelo, y yo estaba muy delgado, desvaneciéndome de cuando en cuando. Al pasar varios días sin levantarme, la gente comenzó a pensar que había muerto y mi cuerpo se iba a descomponer, y que mi madre estaba tratando de ocultarlo. Llevaron a mi madre fuera, me tomaron el pulso y dijeron que había muerto.
Me envolvieron en un paño y me llevaron a enterrar. A esas alturas ya no enterraban a la gente por la gran cantidad de muertes que había, por lo que simplemente me arrojaron al montón. Lo que me salvó fue mi madre, que vino a buscarme, escarbando entre los cadáveres. Recuerdo una violenta sacudida y despertar viendo la cara de mi madre. Fue la primera vez que la había visto llorar durante la guerra. En ese momento decidí que quería pasar el resto de mi vida ayudando a gente, especialmente a niños.
¿Cómo pudo un niño hacer campaña por el cambio?
No fue una estrategia. Simplemente pensamos “¿Qué podemos hacer?” Tenía 14 años cuando fundé mi primera organización, un grupo de jóvenes que ayudaba con una serie de tareas sencillas. Escribíamos cartas, hablábamos con senadores y nos pusimos en contacto con UNICEF. Cada día algo cambiaba, a pesar de que solo éramos un grupo de chicos, lo cual nos alentó a tratar de hacer algo más significativo.
A los 16 años empecé a hacer la campaña para el desarme de los niños de Liberia. La idea era que si no podíamos parar la guerra civil, al menos podríamos tratar de convencer a los líderes rebeldes de desarmar a los niños. En ese momento había unos 20.000 niños luchando en Liberia. El más joven tenía 6 años.
Los líderes rebeldes no eran gente normal. No era como ir a hablar con un diputado. Eran responsables de miles de muertes. Uno de ellos tenía un collar hecho de lenguas y orejas humanas. Pero nuestra convicción era tan resoluta para conseguir la paz que hicimos nuestro trabajo a pesar de nuestros temores.
¿Cuándo se dio cuenta de que su vida corría peligro?
Cuando Charles Taylor ganó las elecciones comenzó a alistar niños para el ejército. Publicamos un informe al respecto en los medios de comunicación y el gobierno comenzó a buscarme. Fueron a mi instituto para clausurarlo. Me escondí en casas de amigos, y me buscaron durante tres semanas. Arrestaron a mis amigos y los interrogaron. Salí de Liberia disfrazado. Mi madre no sabía que había abandonado el país. La mayoría de la gente en Liberia pensó que el gobierno me había capturado y asesinado.
¿Cómo se adaptó a Estados Unidos?
Fue todo un desafío. Encontré mi primer trabajo en un McDonald’s.
Había pasado de liderar un movimiento nacional a freír hamburguesas. Lo que más me sorprendió fue que cuando fui a la secundaria me comentaron: “Nunca hemos oído hablar de la guerra civil de Liberia”. No podía creer que una guerra que había acabado con la vida de 200.000 personas ni siquiera era mencionada a los alumnos.
Decidí fundar Youth Action International. La principal idea era hacer tomar conciencia al mundo desarrollado sobre los problemas a los que se enfrenta la gente en África, y darles a los jóvenes la oportunidad de hacer cambios positivos. El año pasado nuestro programa alcanzó a 150.000 personas. Este año esperamos poder llegar a dos millones de personas en los países más pobres.
¿Entienden los jóvenes occidentales la realidad africana?
Es increíble lo poco que saben. Cuando llegué a Estados Unidos mis amigos en el colegio pensaban que la gente en África vivía en los árboles. Me preguntaron si había luchado con leones. Los colegios necesitan esforzarse para desarrollar el entendimiento de los alumnos, hablándoles del resto del mundo y poniéndoles en contacto con gentes de otros países. Muchos de los problemas a los que nos enfrentamos hoy en día, como el terrorismo, solo podrán eliminarse dando a la gente acceso a la información y restaurando la confianza.
Los jóvenes en occidente, con todas las oportunidades, recursos y conocimientos que tienen, podrían hacer mucho más si se lo propusieran. Es una obligación moral para todos, independientemente de su edad, el preguntarse: “¿Cómo podemos salvar vidas y construir un mundo mejor? ¿Cómo podemos evitar que mueran niños por falta de agua potable?”
¿Será posible resolver los problemas del mundo en vías de desarrollo dentro de un plazo razonable?
Tengo muchas esperanzas. Cuando viajo a los países en guerra más pobres, puedo ver que el potencial humano es tremendo, es gente que ha sufrido hasta puntos inimaginables pero que se sobrepone. La gente que quiere ayudar a África no debería simplemente enviar comida: lo que hace falta es trabajar unidos para crear vidas más sólidas. Lo que se traduce en esquemas de microcréditos, campañas de escolarización y trabajo comunitario para crear cooperativas.
¿Cuál es su mensaje para los jóvenes?
Simplemente: haz algo. A menudo se me pregunta: “¿Qué puedo hacer?” No esperes a que yo te lo diga, tu debes encontrar algo que te apasione y crear tus propios principios. Creo en la belleza de la vida. Mi vida no me pertenece, pertenece a la gente que se beneficia de nuestro trabajo. El derecho de los niños a tener acceso a las necesidades básicas es algo que todo el mundo entiende, incluso el dictador más terrible, y continuaré luchando por ese ideal.
Para más información sobre la organización Youth Action International visite